La silla que en cabina acompaña a los conductores de bus es ‘el puesto de la Barbie’. Ocuparlo es cuestión femenina y hacerlo describe una nueva forma de dar un pantallazo urbano.
Si al subir a un bus en Bogotá usted escucha que el conductor la llama con un colorido piropo invitándola a su lado considérese afortunada, ha sido seleccionada para ocupar el palco preferencial dentro del vehículo: ‘el puesto de la Barbie’.
No hay que ser bonita. Ni siquiera hay que ser medianamente atractiva. Cualquier mujer es digna de recibir desde la más sencilla hasta la más elaborada de las invitaciones para ocupar la ilustre posición. Invitaciones que en su mayoría van dirigidas a la ‘reina’ o a su correspondiente diminutivo. Es apenas evidente; toda reina debe ocupar su puesto a la diestra del rey.
Ser la chica de la portada urbana más subestimada en la ciudad trae sus ventajas. Tal como la famosa muñeca en su empaque, quien ocupa este lugar se encuentra en una perfecta vitrina que le abre una inusual ventana hacia la ciudad.
Desde la perspectiva de la Barbie la mecánica del tráfico se simplifica en dos pasos: el bus siempre tiene la vía y el señor conductor siempre tiene la razón. Otros asuntos no son tan fáciles de simplificar. En los andenes se cuentan a puñados los vendedores ambulantes que con toda clase de ademanes intentan convencer al conductor de que les permita trabajar. ¿Quién simplifica eso?
Ocupar el puesto de la Barbie equivale a comprar asientos de primera fila para presenciar lo insólito de las proezas multifuncionales del señor conductor, elemento que por cierto debería ser considerado como patrimonio cultural bogotano.
Un pulpo con sus largos tentáculos envidiaría el talento aparentemente innato del conductor para efectuar ocho distintas tareas con sólo dos brazos y sin soltar el timón. Abrir la puerta, recibir y dar dinero, frenar, hacer cualquiera de los 14 cambios, comprar un cigarrillo por la ventana, tomar las onces o medias nueves, cambiar la emisora, y tararear el vallenato que suena; todo sin soltar el timón. Además, entre faena y faena, y el conductor encuentra tiempo para atender a su ‘reina’.
Retomemos el vallenato que el conductor tararea. ¿Qué sería de un pantallazo urbano sin la correcta ambientación? Sentarse en ‘el puesto de la Barbie’ permite acceso de primera mano al material musical.
Si ella se gana la confianza del conductor y éste le permite escoger lo que desea escuchar, una gran responsabilidad recae sobre esta pasajera. No es lo mismo estar en bus que transita al ritmo de Wilfredo Vargas a estar en uno que lo hace al compás de un clásico de los Stones. Hay que ser cuidadosa con lo que se escoge.
Tampoco es lo mismo, que sea un hombre quien asuma el lugar de la Barbie. Ocupar este palco preferencial es cuestión femenina, o por lo menos lo es en cuanto así lo prefieren los conductores. Para hacerlo más claro, cualquier hombre puede sentarse en este lugar, pero es seguro que no recibirá tan coloridas invitaciones para hacerlo.
No obstante, la famosa muñeca tenía su muñeco compañero, Ken, y cada vez aumenta más el número de mujeres conductoras de bus. Para los hombres entonces, este pantallazo urbano es posible, sólo es cuestión de esperar a la oportunidad perfecta para ocupar lo que sería un puesto para Ken.
Si al subir a un bus en Bogotá usted escucha que el conductor la llama con un colorido piropo invitándola a su lado considérese afortunada, ha sido seleccionada para ocupar el palco preferencial dentro del vehículo: ‘el puesto de la Barbie’.
No hay que ser bonita. Ni siquiera hay que ser medianamente atractiva. Cualquier mujer es digna de recibir desde la más sencilla hasta la más elaborada de las invitaciones para ocupar la ilustre posición. Invitaciones que en su mayoría van dirigidas a la ‘reina’ o a su correspondiente diminutivo. Es apenas evidente; toda reina debe ocupar su puesto a la diestra del rey.
Ser la chica de la portada urbana más subestimada en la ciudad trae sus ventajas. Tal como la famosa muñeca en su empaque, quien ocupa este lugar se encuentra en una perfecta vitrina que le abre una inusual ventana hacia la ciudad.
Desde la perspectiva de la Barbie la mecánica del tráfico se simplifica en dos pasos: el bus siempre tiene la vía y el señor conductor siempre tiene la razón. Otros asuntos no son tan fáciles de simplificar. En los andenes se cuentan a puñados los vendedores ambulantes que con toda clase de ademanes intentan convencer al conductor de que les permita trabajar. ¿Quién simplifica eso?
Ocupar el puesto de la Barbie equivale a comprar asientos de primera fila para presenciar lo insólito de las proezas multifuncionales del señor conductor, elemento que por cierto debería ser considerado como patrimonio cultural bogotano.
Un pulpo con sus largos tentáculos envidiaría el talento aparentemente innato del conductor para efectuar ocho distintas tareas con sólo dos brazos y sin soltar el timón. Abrir la puerta, recibir y dar dinero, frenar, hacer cualquiera de los 14 cambios, comprar un cigarrillo por la ventana, tomar las onces o medias nueves, cambiar la emisora, y tararear el vallenato que suena; todo sin soltar el timón. Además, entre faena y faena, y el conductor encuentra tiempo para atender a su ‘reina’.
Retomemos el vallenato que el conductor tararea. ¿Qué sería de un pantallazo urbano sin la correcta ambientación? Sentarse en ‘el puesto de la Barbie’ permite acceso de primera mano al material musical.
Si ella se gana la confianza del conductor y éste le permite escoger lo que desea escuchar, una gran responsabilidad recae sobre esta pasajera. No es lo mismo estar en bus que transita al ritmo de Wilfredo Vargas a estar en uno que lo hace al compás de un clásico de los Stones. Hay que ser cuidadosa con lo que se escoge.
Tampoco es lo mismo, que sea un hombre quien asuma el lugar de la Barbie. Ocupar este palco preferencial es cuestión femenina, o por lo menos lo es en cuanto así lo prefieren los conductores. Para hacerlo más claro, cualquier hombre puede sentarse en este lugar, pero es seguro que no recibirá tan coloridas invitaciones para hacerlo.
No obstante, la famosa muñeca tenía su muñeco compañero, Ken, y cada vez aumenta más el número de mujeres conductoras de bus. Para los hombres entonces, este pantallazo urbano es posible, sólo es cuestión de esperar a la oportunidad perfecta para ocupar lo que sería un puesto para Ken.
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