En el papel de registro del hostal La estancia de don Jaime en Rosario, Luís escribió junto al ítem que pregunta ¿por qué viene a la ciudad? “Estoy de paso”. Hace más de un mes que duerme en la cama de la esquina inferior izquierda de la habitación que tiene pececitos pintados en las paredes.
Facundo tiene los ojos pardos, la tez blanca y la barba y el pelo negros y espesos. Después de dormir una semana en el pequeño hostal de don Jaime, que queda en la calle San Luís con Presidente Roca, ha decido empacar maletas y regresar a capital; después de todo, una semana es el mayor periodo de tiempo que ha pasado en un mismo lugar desde que salió de casa hace tres meses.
Luís llega a las ocho al hostal y encuentra que ocho ruidosos estudiantes extranjeros han invadido su habitación. Toma su equipaje, que consiste en tres pantalones grises y seis camisetas de colores, y lo lleva a la primera cama que encuentra disponible.
Habla poco, pero agradece una compañía silenciosa a la hora de la cena. “Estoy acostumbrado a estar solo, a poner solo un plato al desayuno, al almuerzo y a la comida, ya casi ni reparo en ello, de todas formas no tengo tiempo”.
Sirve una ensalada de remolacha y zanahoria que complementa con la milanesa de soja y un vaso con agua. Luís come sin sal porque sufre de hipertensión a pesar de que no sobrepasa los 35 años.
En su última noche en la estancia Facundo pasa por el bar para despedirse. Después de escuchar a Laureano, quien atiende la barra a la noche, discutir la política argentina por más de media hora y quejarse interminablemente de los porteños, Facundo se disculpa y sube al segundo piso.
Se sienta en la silla de cuero que está dispuesta para usar el único computador que hay en el lugar y al cual tiene acceso una hora al día. Sobre su cama hay una mochila enorme llena de recuerdos de sus viajes por Latinoamérica. “Estuve en Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y Ecuador. Iba a pasar a Colombia desde allí, pero no me alcanzaron los mangos”.
Envía dos mails para avisar que está en Rosario y luego mata el tiempo viendo imágenes en el buscador. En la mesa a espaldas de la computadora el grupo de los ocho extranjeros se ríe con un juego. Facundo se ríe tímido al principio y poco a poco se acerca. “Hoy tenemos, mañana... bueno, cada día es distinto, puedo amanecer con la mejor compañía o irme a la cama tan solo como hoy… nada es para siempre, ¿verdad?”
A las cuatro de la mañana Laureano atraviesa el bar y empieza a levantar las sillas. Se toma un respiro de vez en cuando para dejar la escoba y el trapo a un lado y tomar un sorbo de ron que le han ofrecido los colombianos que ocupan la última mesa al costado de la puerta. “Ya han pasado dos años desde que trabajo aquí. Veo a la gente ir y venir, y me gustaría hacer lo mismo. Pero no hay nada tan eterno como lo provisional… sino, aquí tenés para la muestra un botón” – dice retomando su labor de limpieza.
A las ocho de la mañana del día siguiente Laureano abre la puerta que da a la calle y se despide con la mano de Sara, la venezolana pelirroja que atiende los domingos. Luís desapareció muy temprano; nadie lo vio salir. Facundo dejó a un lado de la cama una bolsa con tiquetes y folletos de su viaje, y saliendo le dijo a una muchacha que desayunaba que era preciosa, y que se volverían a ver.
“¿Ya se van, chicos?” – pregunta Sara cuando ve salir en procesión a los estudiantes – “Vuelvan, ¿eh? Y que la próxima vez no sea solo de paso”.
martes, 15 de abril de 2008
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